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📸 Imagen: Archivo libre de
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A veces la vida nos susurra una verdad que no queremos escuchar:
no controlamos nuestras vidas.
Esta frase, es de las que caen como un peso suave en el pecho, pero si la miras bien, no es un juicio: es una revelación.
La vida se mueve como un río: curvas, corrientes,
piedras, desniveles.
No elegimos dónde nace ni cómo fluye, pero sí cómo navegamos.
Control no, dirección sí.
Porque cuando dejamos de pelear con el río,
descubrimos que siempre supo llevarnos a lugares que jamás hubiéramos
imaginado.
El ser humano necesita creer que controla algo para no
hundirse en el caos.
Pero lo cierto es que controlamos muy poco:
·
no controlamos quién entra en nuestra vida,
·
ni cuándo alguien se va,
·
ni los golpes súbitos,
· ni las bendiciones inesperadas.
Lo que sí controlamos es qué hacemos con eso, cómo
respiramos en medio del viento,
qué semillas decidimos proteger,
qué mirada elegimos mantener aun cuando todo parece oscurecerse.
La vida no se controla.
La vida se acompaña.
Se escucha.
Se honra.
La vida es como un animal salvaje, no está hecha para ser dominada, sino para ser comprendida.
La frase es dura solo si la lees desde el ego.
Desde el alma, suena a libertad.
Y en esa comprensión, extrañamente,
es cuando empezamos a tener verdadera fuerza.
Porque no dominar el camino…no significa caminar a ciegas.
Quizás el control nunca fue el objetivo
Quizá el objetivo era participar.
Respirar.
Responder.
Elegir una actitud aun en medio del misterio.
A veces la ausencia de control
es el inicio de una forma más profunda de libertad.
