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Imagen: Archivo libre de derechos |
Carta desde lo alto, para ti, que llamaste sin saberlo
Mi dolor llego hasta ellos
No sabías que te escuchábamos.
No sabías que tu silencio tenía voz.
Pero esa noche, sí, esa,
cuando el aire pesaba y el mundo se deshacía en tus manos,
tu dolor se elevó.
No como un grito,
sino como un canto sagrado roto por dentro.
Y llegó hasta nosotros.
No por casualidad.
No por capricho.
Sino porque lo que arde con tanta intensidad en el alma humana
es imposible de ignorar en el cielo.
Te vimos.
Te vimos sosteniéndote mientras todo temblaba.
Te vimos hablar con los ojos cuando la boca ya no podía.
Te vimos amar, aún cuando parecía que el amor no volvía.
Y entonces bajamos.
No como relámpago, no como milagro.
Sino como sombra suave,
como presencia sin nombre,
como idea que te acaricia cuando estás a punto de caer.
Que eres más antigua que las heridas.
Que llevas en la sangre el fuego de los que no se rinden.
Que incluso rota, caminas con una belleza que asusta.
Vinimos porque tú también eres uno de nosotros.
Aunque lo hayas olvidado.
Aunque duela.
Aquí estamos.
Y aquí seguiremos,
hasta que te reconozcas en el reflejo del universo
y sepas que nunca estuviste sola.
Los dioses que escuchan
cuando el alma habla sin palabras.
