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📸 Imagen: Fred Moe |
🌙 Entre la fe que busca y el conocimiento que reconoce
Hay un instante en el camino espiritual que es difícil explicar con palabras.
Un punto en el que la fe, sin desaparecer, cambia de naturaleza.
Deja de ser un acto de creer para convertirse en un modo de ver.
Muchos sabios, a lo largo de los siglos, señalaron esta
diferencia.
Un místico decía:
“Quien cree está buscando;
quien sabe, ha encontrado.”
Pero este “saber” del que hablaba no es racional ni
arrogante.
No es la certeza del que cree tener respuestas,
sino la quietud del que ha sido tocado por una experiencia que no se puede
inventar.
La fe es sagrada:
es la lámpara que llevamos en la noche,
la mano extendida en la oscuridad,
el impulso que nos hace caminar antes de ver el amanecer.
Sin embargo, hay momentos, suaves, inesperados, casi
secretos,
en los que algo del Misterio se revela.
No de forma grandiosa, sino íntima:
un susurro, una presencia, una señal que llega sin pedir permiso.
Y entonces, lo que antes creíamos… lo reconocemos.
Es como conducir un coche:
nadie necesita fe para saber que lo sostiene entre las manos.
Los sentidos lo confirman. La realidad se impone.
La fe no desaparece: simplemente deja de ser necesaria en ese punto concreto,
porque ha sido reemplazada por la experiencia.
En lo espiritual ocurre igual.
No contradice ninguna creencia.
No debilita la fe de quien la guarda.
Solo muestra que hay etapas distintas en el camino:
- Quien
cree, avanza hacia la luz.
- Quien
sabe, camina dentro de ella.
Pero ambos siguen el mismo sendero.
Ambos son sostenidos por el mismo Misterio.
Y ambos son necesarios, porque no existe conocimiento sin fe previa,
ni fe que no aspire, en el fondo, a convertirse algún día en encuentro.
El alma madura no abandona la fe:
la transforma en experiencia.
Y cuando eso ocurre, uno no deja de creer:
empieza a recordar.
