![]() |
📸 Imagen: Fred Moe |
“Cuando el Yo del Futuro me obligó a mirarlo”
Apareció sin aviso.
Sin puertas que crujan ni voces que anuncien presencias.
Solo un silencio que pesaba demasiado para ser vacío.
—He venido porque sigues dudando de tu propia luz.
Respondió mi Yo del Futuro, con una calma que parecía haber sobrevivido a todas mis tormentas, y aun así no retrocede.
Se plantó frente a mí con una firmeza que me desnudó la conciencia.
—No vine a consolarte, añadió.
Vine a recordarte lo que olvidaste mientras sangrabas.
—¿Y qué olvidé?
Que la vida no se sostiene desde la comodidad, sino desde las grietas.
Que cada vez que te rompieron, nació una fuerza que tú no quisiste ver.
Que la duda no te mata, pero la renuncia sí.
No por tristeza, sino porque por primera vez sentí que me hablaban sin
mentiras.
—Caerás, dijo sin suavizar la palabra.
—¿Y el miedo?
—El miedo seguirá viniendo, pero ya no manda. Aunque tiembles.
—¿Y el dolor?
—No te destruye. Te cincela. Aunque duela.
Lo que importa es quién te levanta: tú. Siempre tú.
Le miré en silencio. Había algo en su mirada… una ternura antigua, una paciencia que yo aún no conocía.
Dio un paso hacia mí, como si fuese a atravesarme.
—Escucha bien: yo existo porque tú no te rendiste en los días que parecían
imposibles. No soy una promesa. Soy la prueba.
Me tocó el pecho con dos dedos.
—Es aquí donde empieza todo. Donde duele. Donde late. Donde resistes.
Y antes de desvanecerse como un presagio cumplido, murmuró:
—Yo ya sobreviví. Ahora te toca a ti alcanzarme.
Y entonces desperté, con la certeza de que, de algún modo, fui yo misma quien vino a rescatarme.
